Parece que fue ayer cuando oía por primera vez llorar a mi hija en el hospital nada más nacer y me sorprendía su intensidad, y las caras de las enfermeras cuando comentaban que jamás habían oído llorar así a un bebé.

O cuando la intentamos poner en el cochecito para dar nuestro primer paseo y fue imposible.

La primera vez a los pocos días de nacer cuando al ver cómo la sujetabamos en vertical y mirando hacia adelante, la gente se sorprendía de cómo sujetaba la cabeza y miraba todo con sus enormes ojos.

O cuando su estruendoso llanto echaba a las visitas porque era imposible oirnos, y al cerrar la puerta se calmaba.

Mi marido aún recuerda los pasos que hay entre un extremo y el otro de la casa que recorría con ella en brazos llorando a pleno pulmón mientras yo ojerosa intentaba descansar por unos minutos tirada en el sofá, después de horas y horas de interminable llanto.

Recuerdo cuando ibamos por la calle y le tenía que ir contando todo lo que veíamos y solo así iba tranquila, atenta a las explicaciones, mientras yo veía a los demás tumbados en su cochecito dormiditos o despiertos pero mirando el mundo con tranquilidad. Ella no, ella siempre tenía una mirada atenta y estaba alerta para no perderse nada de lo que nos rodeaba.

Lo recuerdo como si fuera ayer, y sin embargo ya han pasado 8 años.

Y a pesar de las dificultades, han sido unos años maravillosos, intensos, vividos al máximo, como solo un niño de alta demanda te hace vivir la vida.

Todos hemos cambiado, hemos aprendido tanto!!!

Tengo clarísimo que ella me eligió a mi porque yo necesitaba entender y aprender muchas cosas que no tenía: paciencia, empatía, a manejar mis emociones, a amar de verdad con todo lo que eso significa.

Pero la que más ha cambiado es ella.

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Cuando la escucho hablar me maravillan sus palabras, es tan ingeniosa y creativa, tan activa. Sigue mirando el mundo con pasión, pero ahora lo hace con las ideas más claras. Sabe lo que quiere y lo consigue con una ilusión y un entusiasmo contagiosos.

Cuando la veo dormir, la veo mayor. Despierta en mí la misma ternura que cuando era un bebé y por unos minutos disfrutaba de calma a su lado. Ahora puedo contemplarla por un tiempo más largo y me encanta. Me inspira seguridad en sí misma, fuerza y decisión.

Mi pequeña de Alta Demanda está creciendo y además muy rápido. Y no siento nostalgia por el tiempo pasado porque realmente ha habido épocas muy difíciles, pero sí me da pena que el tiempo pase tan rápido que parece que se escapa entre mis dedos.

Antes no disfrutaba de la maternidad, ese primer año juntas fue duro. Ahora disfruto de cada momento, de los buenos y de los menos buenos, porque en estos 8 años he aprendido que la vida son etapas y que todas nos enseñan algo y nos premiten de alguna manera disfrutar. Una de las cosas que más me ha ayudado en este camino ha sido aceptar a mi hija sin juzgarla, entender porqué hace las cosas, aunque no las comparta. Eso me ha dado la paz que necesitaba para estar ahora presente sin perderme ni un detalle de su vida.

Disfruta de cada momento. Antes de que te des cuenta lo más difícil habrá pasado y te dará pena haberte perdido cosas inceíbles por el camino.

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bOTÓN

El camino merece la pena de principio a fin, aunque no siempre lo veamos.

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